11 de mayo de 2009

Cenas

La ternura viene antes que la seducción,

y por eso es tan difícil desesperar.

Michel Houellebeq


Un personaje no totalmente identificado yace entre un atado de sábanas. Luce como ido. A sus espaldas amanece y por las cortinas, del todo insuficientes, traspasan los haces primerizos de una mañana primaveral. Partículas de polvo flotan de aquí para allá, alternándose y confundiéndose en una danza ininteligible; colándose entre las ropas apelotonadas en un rincón, pegándose a los cuerpos aún tibios... Un suave pero persistente hedor a carne descompuesta inunda el departamento.

El ring-ring se oiría por tercera vez cuando la puerta cedió. En el pórtico esperaba ella que, al reconocerlo, esbozó una sonrisa. El que abría sintió cómo sus piernas cedían: que inevitablemente perdería el equilibrio y daría de bruces contra el suelo. Pero ella se adelantó y con un imperceptible beso en la mejilla lo resolvió todo. Él la invitó a pasar y notó su leve resbalón luego de pisar un charco de agua. A sus espaldas, los últimos rayos de sol agonizaban en un crepúsculo calipso.

El timbré suena tres minutos antes de lo previsto. Él se tambalea mientras sale de la ducha y se calza unos pantalones. Hace un repaso mental de todos los pormenores y se alegra de haber preparado la cena con antelación. Tal cual, con la camisa a medio abotonar y el cabello alborotado, sale a recibirla. Mientras abre, observa de reojo las gotas que escurren por su mejilla y van a dar al piso recién trapeado.

¡Qué curioso!, pensó al observar que la carne, al sofreírla, perdía parte de su tamaño inicial. Se le vino a la mente una antigua clase de física, en donde un senil maestro insistía en confabularse contra el viejo Newton y la mecánica clásica. “El roce de los cuerpos —acostumbraba a decir, en ademanes morbosos— produce calor. ¡Eso es evidente!”, luego daba algún ejemplo en doble sentido y continuaba, “Entonces, este calor produce un desgaste que antes no existía. Ahora bien, ¿cómo puede explicarse, reversiblemente, este proceso? ¿Eh?”. Seguramente ignoraba que este raconto espontáneo sería nuevamente evocado.

Se sentó y bajó la vista. Sus pupilas se movían inquietas, como buscando alguna cuerda etérea de la cual sostenerse. Su boca comenzaba a quebrarse y sus ojos se humedecían. A la primera lágrima sucedió el primer bofetazo; así, casi causalmente.

Sobre un tablón rebanaba los cubos de zanahoria. Luego agregó ajo y otros condimentos al aceite de oliva hirviendo. La carne, en el fuego contiguo, comenzaba a expeler olor; mientras vertía un poco de vino esperando el chisporroteo. Miró con extrañeza cómo el filete escogido escrupulosamente para la ocasión se encogía paulatinamente. Cuando llegó la hora de trozar la cebolla, sus ojos comenzaron a lagrimear.

El traspié de la entrada fue imprescindible para el contacto inicial. Instintivamente, puso la mano en su cintura y la sujetó; ella enrojeció y le agradeció sinceramente la atención. Por un momento sus cuerpos experimentaron un leve roce, seguido de un calor que ambos notaron, pero que tardaron en manifestarlo. La invitó a tomar asiento y ella encendió un cigarrillo. Intercalaron palabras sueltas hasta que el silencio se apoderó del comedor, generándose una situación tan incómoda como imprevista. El humo se disipaba en el manto impenetrable de una noche sin luna.

Jamás pensaste que los destellos de vino iluminarían de tal manera su rostro; que los suaves contornos cobrarían una textura casi de porcelana; que la risa inicial sería profética de un acto macabro. Las copas tintinearon en un brindis que abriría una cena suculenta y misteriosa.

Programó el reloj de la cocina y calculó el tiempo justo que demoraría en ducharse. Antes, eso sí, recordó un consejo anónimo y trapeó el piso, como quien dice, de punta a cabo. Se desvistió y una vez en la ducha, dudó de lo que significaba la cita pronta a concretarse. Con el agua templada delineando su figura puso fin a toda vacilación.

En un gesto grotesco, se incorporó, levantó el plato aún tibio y lo lanzó contra la pared del fondo. En la superficie quedó estampada una mancha de salsa marrón, con la carne que se deslizaba lentamente hasta precipitarse al piso. Articuló unos improperios y observó las mejillas arreboladas de su acompañante. Ella, tapando su cara, instintivamente se refugió tras la silla; sin imaginar que un jugoso y rosado filete quedaba perdido.

El timbre de la cocina terminó con el inoportuno silencio. Cortésmente, la invitó a acomodarse mientras iba a la cocina por la botella de tinto. Preparadas justamente para la ocasión, tres velas ardían en el centro de la mesa; ella agradeció el detalle con una mirada que fascinaría francamente a cualquiera. Volvió con las copas y el destapa corchos.

Jamás hubiera esperado golpe de tal magnitud. Su cara dio vuelta y automáticamente cubrió su rostro, replegando su cuerpo grácil y tensando hasta el último músculo. Comenzó a estremecerse y luego rompió en llantos. De frente a aquel bulto, no sintió más que un deseo desenfrenado de ajusticiarlo por la imprudencia cometida; impulso aumentado por el minucioso repaso de todas las carnes del objeto punitivo. Sin poder contener su instinto, comenzó una carnicería inescrupulosa.

Bebieron la copa y ella comentó la buena elección de la bebida. Él asintió y aprovechó de acercarse un poco más; estirando su dedo índice y acariciando suavemente su mejilla. Ella se contuvo un momento y vio el rostro aquel aproximarse.

Tampoco estuvo preparada para la patada que le asestó el en vientre; dejándola sin aire y provocando estremecimientos a lo largo de la espina dorsal. Siguieron otros tantos puntapiés hasta que un hilillo de sangre corrompió su rostro inmaculado. Un sudor gélido comenzaba a bajarle por el escote, multiplicando la desenfrenada mezcla de ira y lascivia de su verdugo.

No probaba bocado de vacuno alguno desde los cinco años. Desde pequeña sintió atracción por los animales; actitud que, luego de un paseo al matadero con su padre, convirtió en un dogma contra las prácticas carnívoras. Había pertenecido a numerosas organizaciones y colectivos, hasta que determinó seguir la lucha de forma autónoma, anónima, en el día a día. Tenía fama de vegana en su círculo de conocidos, convirtiendo a más de alguno a aquello que llaman dieta o estilo de vida. Nunca consideró su “trabajo” un movimiento rebelde, contestatario, ni siquiera una ideología. Para ella, constituía una parte inherente de su identidad.

La luz comienza a subir y el cuarto a iluminarse. A su lado un cuerpo otrora menudo y perfumado, permanece inmóvil. Contusiones color marrón pueblan la espalda y cinturas de la mujer, dibujando nubes o figuras obscenas. Se distrae por unos instantes siguiendo las formas de los moretones y cicatrices, que corrompen unos tejidos antes tersos y homogéneos.

Los labios apenas se rozan, con una ternura y sosiego inusitados para lo que acontecerá. Ella musita unas palabras y lo ve perderse al fondo del pasillo. Ignora por completo qué hay de cenar.

Un refugio

En cualquiera de estos casos sacaré la consecuencia de que no han estado a la altura de sus propios actos, de que no han estado a la altura del mundo como realmente es, y a la altura de su cotidianidad.

Max Weber, La política como vocación.

Aún no tienen nombre y pareciera no importarles. Nadan y circundan las piedrecillas con lentitud, apaciblemente. Mordisquean camarones resecos mientras me descabezo en busca de un par de apelativos. Estiran su cuello y se pierden entre las burbujas. Pienso que Lévi-Strauss[1] se indignaría ante las casi dos semanas que han permanecido sin nominación, ajenas a todo sistema categorial, a cualquier taxonomía que, como Borges en su misterioso relato, le imprimiría la necesaria clasificación a los objetos, devolviéndole el orden a las cosas.

Orden no ha habido mucho desde un tiempo hasta ahora. Mi antigua obsesión, que no surge necesariamente a partir de las lecturas de Radcliffe-Brown, ha cedido frente a la pereza o quizás ante el fastidio de un mediocre comienzo de año. Tal vez son ambas voluntades sumadas a la imposibilidad de decir algo, más bien de encontrar algo, realmente interesante de formular. Sin embargo siempre queda la posibilidad de actuar con cinismo, de fingir inteligencia y fruncir el seño ante cualquier observación, simulando reflexión y análisis. Lo cierto es que distinguir entre alguien realmente inteligente y quien simula inteligencia es una operación ya poco inteligente. O de mal gusto, quién sabe.

El trabajo ha dejado de ser gratificante o, en gran medida, se ha rutinizado. Ha perdido aquello que tenía de misterio para automatizarse y hacerse más efectivo, eficiente. Pienso en Max Weber y su tipo ideal del burócrata y temo, a esta edad, convertirme en un nuevo profesional de cuello blanco. Luego me arrepiento y retomo otros asuntos. Escribo sobre política (cuando uno deja de escribir bien, sólo puede conformarse con redactar misivas y artículos políticos) y genero expectativas en torno a ello. Ayer leía, por tercera vez, la inspiradora conferencia de Weber donde afirmaba: “es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez”[2]. Pero apostar a lo imposible tiene sus costes; y como decía Cortázar, las apuestas suelen perderse.

Se distinguen sin mucha dificultad. Una es de caparazón oscuro, colita larguirucha y carácter aprensible. Es temerosa y alimentarla requiere más tiempo del que dispongo. La otra, por el contrario, es activa y se aventura a lanzar mordiscos cada vez que le acerco su ración de camarón-seco. Ambas viven en una tortuguera de dimensiones cómodas. Pueden sumergirse a gusto y, de vez en cuando, disfrutar de unas horas de luz solar; momentos que aprovechan para descansar y recibir hasta el último haz de luz.

A veces las observo y me pregunto por su cautiverio. Luego la interrogación se refleja y surge la cuestión de mi propio cautiverio. Desecho estos pensamientos por su contenido cursi y sensiblero. Tomo la guitarra y espero a que los reptiles continúen su baño de sol.

“Jory” postula como nombre para la más ágil. Lo tomé prestado del segundo apellido de Berni, una estudiante de sociología que impresiona tanto por su belleza como por su simpatía e inteligencia. Charlamos unos minutos hoy. Habló de sus vacaciones, de su afición por los libros –lee a Bertoni, confesó– y su buen gusto musical. Mis aportes fueron escasos y lamenté no haber dejado espacio al silencio. El silencio, por cierto, es necesario. Bebimos café sin azúcar, Berni subió a su auto y, antes de marcharse con dirección Nororiente, me comentó que escribía. No quiso extenderse en detalles. Nos despedimos y el auto arrancó. Probablemente iba a visitar a su novio.

He encontrado en los libros un refugio cómodo. Al igual que las pequeñas tortugas con su tortuguera, me fascina la idea de que la totalidad del mundo esté contenida en aquellas páginas. Puedo sumergirme, nadar y comer de vez en cuando. Al parecer rebautizaré a la tortuga vivaz –Jory– como “Cass”, una chica increíblemente atractiva que solía darse cortes en los brazos durante sus noches de borracheras, en un cuento homónimo del viejo Bukowski.



[1] Cf. Claude Lévi-Strauss, "El individuo como especie", en El pensamiento salvaje, Fondo de Cultura Económica, México, 1972

[2] Max Weber, “La política como vocación” en Max Weber. El político y el científico, Editorial Alianza, Madrid, 1967, p. 178.

8 de mayo de 2009

Ya está oscureciendo

Está oscureciendo y te agrada, te sientes tranquilo al saber que tus actos serán en penumbras y, de cierta forma, es más seguro...

Te vuelves hacia el espejo de tu madre, lo admiras; es ovalado y tiene un marco de roble envejecido. En él se ve tu reflejo desde el abdomen hacia arriba. Está colgado por encima del mueble que contiene los cosméticos, ese que nunca alcanzaste de pequeño. “Que práctico”, piensas mientras das pasos temblorosos y miras hacia ambos lados: nada, la habitación, amplia y sobrecogedora, está vacía. Entonces comienzas a desvestirte, la ansiedad aumenta y estás extasiado, mas sabes que hoy tu madre llegará tarde, perpetuamente tarde. Así que desabrochas los infinitos botones de la camisa blanca y aflojas el nudo de la corbata del liceo, las manos sudan. Te acercas al armario y encuentras aquel vestido que siempre te encantó, el que usaba mamá en verano, aquel que piropeaban con lascivia los hombres de la construcción, ese verde floreado que llega bastante más arriba de los muslos. Y entonces quedas en calzoncillos, coges el vestido con suma delicadeza y lo frotas contra tu piel lampiña, te lo encajas, la prenda se desliza sutil; estás feliz por tu ausencia de vellos y sólo te queda un poco ajustado a la cintura; “tengo que adelgazar”, dices en voz alta mientras giras frente al espejo y vez tus nalgas resaltadas entre las flores, eso te asombra, te excita y das un par de vueltas para el espejo ¾cuan bailarín¾, e imaginas que es tu admirador furtivo y no tardas en tropezar con la camisa que se arruga en la alfombra, ¡Cuidado! No vallas a estropearla; la recoges, te la pruebas y te agrada; el blanco combina con el verde.

Transcurren unos segundos. Tus instintos te guían y comienzas a escudriñar en el mueble hasta que encuentras la “cajita de los cosméticos”. La abres, coges un lápiz labial entre tus dedos, lo observas un momento y lo destapas suavemente, así, casi con cariño, lo posas en tus labios carnosos y luego lo frotas lanzando besos. Es un tono violeta, cremoso y con una inscripción en francés que no entiendes. La falta de experiencia sale a relucir y las comisuras de tus labios se manchan; todo lo solucionas con la manga ¿no? Nuevamente te presentas ante tu fans; el espejo te contempla, asiente, te aprueba y dejas el labial en la cajita para luego toparte con una fotografía, quebrajada en las esquinas...

“¡Marica!”, gritaría tu padre si estuviera aquí. Mas no te preocupa; él no está, porque tú no tienes padre, o bien, ya no lo recuerdas. Entonces doblas la foto y la colocas en el ínfimo bolsillo de la camisa, ese que usas para guardar las lapiceras bic.

Un fuerte golpe y tu corazón comienza a latir con violencia, te aceleras, la adrenalina fluye y sólo atinas a tapar la cajita y dejarla en su lugar, todo va rápido, lo más rápido posible pero es tarde, la luz se enciende y las penumbras ¾que antes te resguardaron¾ han desaparecido y vez la figura que tanto temes, aumentada mil veces por el reflejo de la bombilla. Tu madre es la que entra con paso estridente; ella, que es mamá y papá a la vez y que ahora te mira de arriba a abajo y no te entiende ni de arriba ni de abajo. ¡Pero qué mierda te pasa!, grita con su voz aguda y no alcanzas a decir nada, menos pensar, cuando te llega la bofetada y tu cara da vuelta y la fotografía que sale despedida de tu bolsillo va a dar al piso, y tu madre se percata, la coge, la contempla por unos segundos: “pero, de dónde salió esto...” dice para sí misma. Continúa observándola, analizándola, se acerca y te abraza con fuerza, “no fue tu culpa” parece decir sollozando mientras das un leve suspiro y no comprendes, pero igualmente lloriqueas: no tanto por el dolor de tu madre como por la tensión del momento. “Él, él es el único culpable -te susurra al oído-, ese hombre malo; ese hombre que me dejó y nos dejó. Sí mi niño -y ambos lloran abrazados, ella más que tú-, él se marchó con todo, con el auto, el dinero, mi amor -y apunta al caballero de la fotografía de esquinas quebrajadas-... Con el maldito amor que le tuve, ¡porque yo lo quería!, ¡a él, sí, lo quería! Quería a ese hombre, que era hombre y mujer a la vez. Amaba a ese maricón, ¡lo juro! Incluso lo quise cuando lo vi esa noche, en la cama, con tu tío Roberto... el muy maraco. Lo quise aún cuando hizo su maleta, entre gritos y lagrimas. Lo quise; pero no dejé que se despidiera de ti... no, de ti, nunca. Pero yo sé, no te preocupes, mi niño, yo sé que usted no es como él”.

Al día siguiente tuviste que tirar la camisa a la basura porque la mancha de labial no salió con nada y eso que tu madre la dejó remojando en cloro toda la noche.

Cuando las luces comienzan a bajar

Era la hora secreta del cielo: cuando más refulge porque los seres humanos duermen y ninguno lo mira.

Antonio Di Benedetto, Zama

Hoy la vi. Hace años que no charlábamos y debo confesar que por un momento temí no reconocerla o quizá olvidarla. Pero lo cierto es que el tiempo parece haber pasado en vano, como si nada hubiese cambiado desde las correrías de esos ya lejanos veranos en Antofagasta. Bebimos unas cervezas en un barranco cercano y nos despedimos a las afueras de su casa. Ella puso música en su teléfono celular, fue locuaz y espontánea; yo intenté bromear y evitar pensar en el pasado. Después del segundo sorbo nos largamos a echar comentarios sobre cualquier cosa. Preferí seguir el ritmo del diálogo y que la situación se desenvolviera por sí misma. De fondo Antofagasta se mostraba lejana y sombría, como un animal muerto al costado de la vía férrea. Tras las serranías el mar continuaba su persistente balanceo, apenas perceptible ante la luz tenue que provenía de los alumbrados del puerto. Cada cierto tiempo pequeños destellos como luciérnagas en pares atravesaban la costa. Conforme avanzaba la noche la ciudad cobraba ese aire que ha seducido a forasteros e inmigrantes, encanto de putas y traficantes de medio pelo, pathos de poetas frustrados y de comerciantes alcohólicos. Eso recordaba mientras ella con la mirada perdida hablaba sin reparar en mí. Eran casi las tres de la madrugada, justo cuando las luces comienzan a bajar.

Llevaba un par de días en la ciudad cuando me topé con un viejo amigo. Fue en pleno centro de la ciudad. Tenía la frente apoyada en la vitrina de una librería y lo descubrí, justo a mi lado, mirándole el culo a la joven que acomodada los libros en el anaquel superior. Era medio día y el pobre sudaba como mula. Me saludó afectuosamente. Intercambiamos gestos cordiales y luego caminamos por calle Serrano hacia el poniente, en dirección a un pequeño bar al cual no tardó en invitarme. Una vez dentro nos acomodamos en la barra y mi compañero pidió whisky para los dos. La camarera, una cuarentona de minifalda demasiado ajustada, se excusó y nos trajo unos cortos de coñac. Esperé el escozor en la garganta antes de prestar atención a su discurso, el que probablemente versaría sobre su condición de cesante, las injusticias sociales del gobierno de turno y la actual repartija de la torta fiscal. Estaba distraído y opté por dar un vistazo al entorno. La barra se encontraba vacía salvo por un hombre sombrío y hosco, de bigotes prominentes, con la vista fija en un cigarrillo que se extinguía paulatinamente. Me pareció reconocer en él a un viejo director del teatro Pedro de la Barra, que décadas atrás insistía con sus montajes sobre la vida salitrera, las pampas y el trabajo obrero, las putas y el halo fantasmagórico de una ciudad que, vista hoy, parece haber quedado reducida a los textos de aquel viejo que mira impotentemente cómo el último cigarrillo de la noche –ahora día– se consume.

Me equivocaba. En lugar de comenzar un monólogo sobre los problemas que aquejan a los cesantes del país, mi compañero de asiento narró una historia. Era la historia de una chiquilla. Chiquilla de la Capital –decía mientras agitaba el vaso, revolviendo los hielos del coñac–, que había llegado a la ciudad a ver a su hermana mayor. ¿Que cómo era la chiquilla? No sé, nunca la vi. La cuestión es que ella salió una tarde a comprar pan, viste, a comprar como quien sale cualquier día domingo a conseguir cervezas para el partido de CDA. Fue cerquita de la casa, a lo sumo unas cuatro cuadras de distancia que eran fácilmente transitables a pie. Y claro, aunque era capitalina la chiquilla, conocía el trayecto, casi como el trayecto que hacía en su cuidad natal para comprar el pan. Pero no sabía que allí cerca, del otro lado de la línea del tren, se había instalado una empresa constructora. De construcciones grandes, viste, esa que bordea toda la ladera en la zona norte de la Coviefi, como quien dice, en el sector más próximo a la falda del cerro. La línea de edificación se extendía entonces a lo largo de esta ladera y su sombra cubría todo el curso de la vía ferroviaria. Eso no permitía visualizar a la chiquilla con su bolsa del pan; más bien, nada se percibía que no fuera el pálido reflejo de los rieles de acero. Entonces, como te decía, esta chiquilla fue por el pan y en la vueltecita, cuando iba por la huella poco iluminada, la asaltó un tipo de chaqueta de cuero, ya avanzado en edad. La embiste, vez, con navaja en mano y la amenaza de muerte. Le echa improperios y la zamarrea. Le empieza a meter mano este tipo de la chaqueta y jadea en su oído mientras la pobre chiquilla en vano intenta zafarse. Escucha su respiración y desespera. Iba a salir corriendo pero él es más rápido y la coge y la tira contra una pared de concreto, donde nadie podía ver por la sombra que daban estas construcciones de las que te hablaba. Y ahí el tipo hace su cochiná. Y al rato la chiquilla vuelve a casa llorando, sin el pan, que había quedado desparramado en el sitio.

Salimos del bar luego de dos corridas más de coñac. Antes de dejar la propina sobre el mostrador lancé una último mirada al rincón donde se hallaba el viejo, pero éste ya se había marchado. Su cigarrillo estaba consumido hasta el filtro.

Nos separamos luego de una breve caminata. El sol alto y primaveral contrastaba con los fríos vientos del invierno en Santiago. Nos despedimos y por un momento pensé que Antofagasta repentinamente se había condensado en la intersección de Condell con Serrano y sus bares de mala muerte, como si toda la cuidad pudiera sintetizarse en aquella esquina. Miré hacia el viejo Cine del Centro ahora trasmutado en sede evangélica, e inesperadamente recordé la tiendilla de música usada que un viejo punk atendía. Seguramente habrá muerto, concluí, siempre se dijo que tenía sida… Me encontré entonces con una ciudad en decadencia, como un lugar cuya vida se basa en la insistente pregunta por tiempos mejores, sitio de un pasado asumido como glorioso por viejos hoy infelices, escenario de personajes sombríos, de actrices en sobrepeso, ojerosas y sueltas de carne, el texto de un guionista trasnochado, que porfía con sus escrituras de corto aliento, el teatro con sus gradas semivacías y el director que porfía con montajes pampinos cursis y mal actuados, algunos inmigrantes bolivianos pobres que vuelven, por última vez en la noche, a recorrer sus calles céntricas ofreciendo chumbeques y pululos.

Ha bebido el último sorbo de la botella y me ofrezco para lanzarla barranco abajo, hacia el vacío. Espero escuchar el chasquido de ésta azotándose contra las rocas, pero sólo recibo un golpe seco y sordo. Ella se burla del tiro fallido y marchamos en dirección a casa. Estaba comentando algo sobre sus amistades cuando atravesamos la línea del tren. Inconcientemente dirijo mi vista hacia el norte y me sorprendo por un enorme foco, del cual emana una luz blanquecina fluorescente que ilumina exageradamente la ladera de los cerros entre los viejos edificios de la construcción y la vía férrea. Ahorro comentarios y lanzo una mirada a mi acompañante. Ella sonríe, comenta que el foco lo instaló el municipio como política preventiva. Pienso en esa palabra, prevención. Nada puede prevenirnos, pienso, y nos despedimos.

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A Catalina

Sobre Santiago cae una bruma fresca que parece avecindar tiempos otoñales. El lento transcurrir de la tarde invita a caminar un momento, detener la marcha, tomarse un tiempo y seguir el rumbo. En eso estaba cuando di conmigo en el teatro de la Universidad. Me agradó constatar que aquella noche interpretarían piezas de Brahms –desconocidas para mí, por cierto–, y rápidamente conseguí un ticket. Una vez dentro, recordé que esa noche una virtuosa violinista interpretaría los nocturnos en calidad de solista. Era una mujer alta y robusta, de cabellos dorados y piel blanquecina. Vestía un corsé verde como los bosques germanos y una falda enorme tableada en un rojinegro escoses. Parecía un hada de las fábulas de la mitteleuropa, o de esas ninfas que a las orillas del Rihn sorprenden a los viajeros impertinentes.

En ella pensaba cuando, más tarde, caminando por 30 de Octubre, me topé con Calugón. Parecía feliz de verme, aunque en su sonrisa espontánea noté cierta preocupación. Nos saludamos afectuosamente y comenzamos a ponernos al día en nuestras respectivas actividades. Me contó que estaba bien, que seguía estudiando y hacía tiempo no carreteaba. Calugón es de esos jóvenes que puedes hallar en las esquinas de las poblaciones periféricas de la capital, charlando con otros tipos de procedencia y futuro inciertos. Cualquiera que lo viese –desde nuestro punto de vista, evidentemente– intuiría que se trata de un traficante menor o un consumidor esporádico de droga; si lo escuchase hablar, no dudaría en tildarlo de flaite o, cuanto mucho, de poco educado. Si el desconocido se tomase algo de tiempo, si intercambiara algunas palabras con Calugón, no tardaría en percatarse de que se trata de una persona excepcional.

A Calugón lo conocí allá por el verano del dos mil dos. En aquellos tiempos escuchábamos Rage Against The Machine, y él se contentaba cada vez que yo traducía pequeños fragmentos de sus letras. Tomábamos cerveza al calor de esas tardes interminables, concluyendo de vez en cuando nuestras jornadas con un oportuno melón con vino. Amenizábamos el día capeando el calor en una minúscula piscina plástica. Calugón comentaba lo mucho que le interesaban los autos, y su idea de ir a la universidad; yo, cuatro o cinco años menor, describía las playas antofagastinas y los vientos que, al atardecer, acompañan los cigarrillos de los veraneantes. Pasamos la temporada estival viéndonos casi todos los días, sentados en las soleras de La Victoria, observando, despreocupados, cómo transcurría el tiempo delante nuestro, casi sin tocarnos, como si no fuésemos a envejecer.

Calugón habló de su novia. “¿Te acordai que estaba con una mina? La loca se fue pues, hace como un mes que no la veo. Chateamos eso sí todos los días. Ahora quiero irme. Quiero ir para allá, a dónde se fue la loca, a Suiza. Quiero irme y probar suerte. Pero antes tengo que sacar el técnico”.

Calugón vive con su madre en una casita de Galo González. Nunca ha mencionado a su padre, y es probable que no tenga. Sus amigos son jóvenes de los alrededores, visten ropas de marcas vistosas y tal vez tengan algún grado de adicción a la pasta base. Muchos de ellos no trabajan o trabajan en empleos informales y mal pagados. No caben dudas de que nunca concluyeron su educación media y que desfilaron por escuelas municipales de poca monta. Pasan el tiempo en las esquinas, hablando de sus vidas y comentando experiencias, mirando a los que pasan y observando el mundo a través de la población.

Intenté no hablar demasiado de mí. Estaba más interesado en Calugón y su nuevo proyecto. Al enterarse de que estaba realizando la práctica en la universidad y me hallaba en camino de obtener el título, afirmó que yo sería un científico. “Tú eres puro estudio –indicó mirando el libro que llevaba bajo el brazo–, para mí que vas a ser científico”. Luego de eso miró hacia arriba, como buscando en el cielo alguna palabra que se le hubiera escapado en ese preciso instante. Un poco más sosegado, me atrevería a decir que con cierta humildad, añadió que le gustaría seguir estudiando. “Quiero terminar el técnico, viste, y ver si puedo educarme allá, en Suiza. Trabajar en algo y también educarme, para que cuando vuelva me tomen en cuenta”.

Nunca he comprendido a cabalidad el misterioso mecanismo que opera en nuestro interior cuando comenzamos una amistad, ni las vicisitudes de dos vidas que, en determinado momento, divergen hasta el punto de hacerse irreconocibles. Pienso en la improbabilidad de que biografías como las nuestras hubiesen coincidido; y agradezco que las casualidades sigan interviniendo, en una suerte de secreto azar, en las vidas de las personas.

Me despido de Calugón y giro en Estrella Blanca rumbo a la casa de mi abuela. Pienso en la suerte y recuerdo sus últimas palabras: “y eso es lo que quiero hacer este año: quiero irme y después volver. Aunque no sé si vuelva.”