16 de diciembre de 2010

Sobre Premios

Sólo criticando un mito se pone de relieve la fascinación a la que se resiste

Claudio Magris, Utopía y Desencanto

Los premios literarios interesan a dos clases de personas: literatos, que viven de los premios, y críticos, que viven de lo que dicen y no dicen los literatos cuando hay un premio de por medio. Esto, por supuesto, no es materia de novedad, y las razones que se esgrimen al respecto son variadas e incluso contradictorias: que el oficio de literato es subvalorado en una cultura consumista como la nuestra; que el trabajo de los escritores es improductivo frente a una economía abiertamente orientada al lucro y regulada por el mercado; que la gente ya no lee y, en consecuencia, no compra libros; que la gente ya no lee libros porque estos son muy costosos, debido a que aún no se deroga el impuesto al valor agregado en estas mercancías; que la culpa la tiene el sistema educacional, pues no inculca en los alumnos hábitos de lectura eficaces y una comprensión lectora adecuada; que las teleseries son las novelas de los lectores del siglo veintiuno y poca atención habría que prestarle a los libros de ficción; que no se lee simplemente porque a nadie la importa un bledo lo que desconocidos tengan que decirnos; que, en definitiva, ya no hay tiempo para leer ni dinero para comprar libros.

Es cosa sabida que hoy por hoy el literato no puede darse el “privilegio” de llevar la vida del diletante ocioso del siglo dieciocho. El dandy del francés Baudelaire era justamente un invento para franceses de la emergente clase media. Lo que no es del todo cierto, pues dandis los hubo también en Inglaterra e incluso podríamos decir que la moderna forma del “siútico” le debe mucho su estampa beau y gallant. Con todo, los escritores franceses contemporáneos desembolsan millones (piénsese nada más en Houellebecq) y a pocos se les pasaría por la cabeza andar en miserias a cambio de una aura de escritor maldito. Despejemos, pues, esta “aura” y entremos en materia de lo que aquí importa: dinero.

Sea cual fuere el argumento privilegiado, lo cierto es que los literatos, como cualquier otro ciudadano de la República, exigen, y con justo motivo, una tajada del pastel de la riqueza social. Y esta tajada, que en su tiempo llegó a privatizarse con el mecenazgo, es la que se extrae ahora desde las arcas fiscales.

¿Y qué dice el Estado al respecto?

Bueno, que ahí tienen su porción: el Premio Nacional de Literatura.

Instituido durante el Gobierno del radical Juan Antonio Ríos, el Premio Nacional de Literatura beneficia, cada dos años, a un autor chileno cuya obra se estima de gran calidad para la lengua escrita, sea esta en prosa o verso. En un país en el que todo acto público es objeto de negociación política, no es de extrañar que la entrega de los premios literarios vaya precedida de candentes debates en los medios locales, todo mediado por acuerdos secretos de dudosa honra. Sobre las rencillas, dimes y diretes de la historia del Premio Nacional de Literatura no haremos sin embargo mención. El tema ha sido trabajado con singular gracia y documentación por ese excelente narrador que es Andrés Gómez Bravo, en su El club de la pelea. Tampoco es, por cierto, algo que llame en exceso la atención: si en algunas culturas opera el “regateo” como medio de estandarización momentánea de un intercambio comercial, en Chile arreglamos las cosas cortándolas por detrás, como quien dice, “muñequeando”. Y es en este muñequeo donde se desenvuelve actualmente la discusión sobre el Nacional de Literatura.

Al igual que en ocasiones anteriores, aunque con más ahínco, hoy por hoy resuena el nombre de Isabel Allende. El “caso” Allende llama la atención por dos hechos. El primero, que la escritora reside en California. El segundo, que la escritora es millonaria. De ello se desprende que, a menos que Allende sea una adicta al dinero, su búsqueda del premio radica en intereses inmateriales mayores. Nombrémosle a eso, con Weber, “prestigio”.

“Prestigio” es un bien escaso y todos lo añoran. Isabel Allende busca prestigio con el Premio Nacional de Literatura y no descansará hasta alcanzarlo. Estas parecen ser las premisas que rondan hace unos años en la fauna literaria local. Y en esta selva letrada los argumentos que se esgrimen para coronar a la nueva “reina” son, en lo esencial, tres: que la vasta obra de Allende es prueba suficiente de una trayectoria que, por su sola magnitud, es digna de un reconocimiento especial; que es mujer y en tal condición meres el premio; que es sin duda la escritora más leída y de mejor rentabilidad editorial en el país y fuera de él.

Vamos por paso.

Es sin duda una virtud la prolífica producción de Allende, que ya se la quisieran escritores como Carlos Franz que demoran al menos un lustro en parir cada nueva obra. Pero tampoco es menos cierto que cantidad no asegura calidad. Es por todos sabido que a Rulfo le bastaron dos pequeños volúmenes para cambiar el curso de la literatura del siglo XX, y que un solo libro bien escrito es a veces suficiente para coronarse con olivos en el podio de la Historia. El ritmo de producción de Allende es, a este paso, poco más que una feliz noticia para sus editores y agentes literarios.

El destacado desempeño de las mujeres en los ámbitos de la vida pública es una tendencia ya consolidada. En la literatura chilena los ejemplos son sin embargo escasos, aunque no por ello menos valiosos. Ahora bien, hacer de este el argumento para conceder el Nacional no es otra cosa que una manipulación política del premio. Una manipulación, por lo demás, tosca y a vista y paciencia de todos. La condición de una persona, su género, clase social, virtudes y defectos, no pueden ser la vara con qué medir la obra literaria. Las historias, como en el Pierre Menard de Borges, se escapan a sus creadores y siguen rumbos propios. Nadie podrá negar que pese a sus deleznables actos en la Segunda Guerra, Céline escribiera algunas de las páginas más brillantes de la novela francesa del siglo que pasó.

El último argumento es más complejo de abordar, pues obedece a tendencias mayores. Hace sólo unos años un caso análogo, guardando las proporciones, surgió cuando J.K. Rowling fue postulada al nobel por la saga del joven mago. Ante el peso de más de cuatrocientos millones de copias vendidas alrededor del globo, no era fácil resistir la tentación de coronar a la inglesa. Lo mismo puede estar ocurriendo, en un contexto local, con Allende. ¿Cuál es entonces la lógica del premio?

Negar la enorme contribución que hacen los escritores súper ventas a masificar los libros, acercando la literatura a cientos de miles de lectores que de otro modo habrían permanecido indiferentes a la narrativa, es un efecto que no puede subestimarse. Y sin embargo esto no es objeto de la creación literaria. A autores como Rowling debieran darle –en caso que existiese– el nobel de educación, por haber contribuido a la difusión del patrimonio escrito. A Allende debieran postularla al Nacional de Educación, en caso que lograra estimarse cuánto ha aportado su obra a la popularización del libro y la extensión de la lectura entre jóvenes y adultos (aunque en este caso le saldrían al paso nombres como Rivera Letelier). Pero el público de masas no es siempre el lector de literatura; en caso contrario el nobel, el Príncipe de Asturias, el Cervantes, el Pulitzer, estarían repletos de autores de libros de autoayuda.

El Premio Nacional no puede considerarse un premio de masas. Su criterio debe ser la calidad intrínseca de una obra literaria que parece llevar lo más lejos esa enfermedad enaltecedora que es la literatura. Tampoco es un premio de las élites; pues estas están demasiado ocupadas con los talleres de liderazgo contextual corporativo de Casa Piedra para perder el tiempo con libros de ficción. Es un premio a la creación literaria y con ello a sus lectores. Lo que hace el Nacional es resarcir a aquellos autores que fundan escuela, que dividen aguas en el terreno de la lengua y edifican con eso –aunque de manera siempre precaria– nuevas maneras de explotar el siempre esquivo camino del lenguaje. Es un premio –tal vez el único– reservado a quienes se han atrevido a romper los cánones de lo común y silvestre, desafiando a sus lectores a ir más allá en el terreno de la creación y destrucción de mundos a través de la palabra.

En Chile esta clase de escritores puede estar hoy en día en extinción. Tal vez sea porque jamás hubo a este lado de la cordillera un Borges que hiciera de la literatura un mito universal. En cambio hubo aquí un Donoso que hizo de la escritura un secreto, cubriendo bajo su sombra a toda una generación de narradores. Y sin embargo Chile ha tenido su Cortázar moderno, una pluma que sin vacilar barrió con los restos del realismo mágico para devolver a la literatura a las viseras mismas del lector. En el que probablemente sea el escritor menos chileno de todos, tuvo Chile esa obra que marcó escuela, que abrió espacios donde una generación de brillantes narradores se las arregla hoy para conseguir la atención del esquivo público local. Gómez Bravo, Jara, Contreras, Costamagna, Zambra, Bisama, Collyer, por nombrar sólo algunos, muestran que aún es posible hacer buena narrativa en el extremo Sur del mundo.

Pero por sobre todo, muestran que los premios literarios pueden incluso llegar a interesar a una tercera clase de personas: los lectores.

Revista de Libros

De un tiempo a esta parte la columna de Ignacio Echeverría es la única que sigo con cierta frecuencia en Revista de Libros. Hubo tiempos en que el suplemento semanal de El Mercurio era para mí algo tan sagrado como es hoy acudir a la sinfónica. Recuerdo que todos los viernes procuraba escapar de alguna clase para colarme en biblioteca y coger el ejemplar del día. Amanda, la bibliotecaria, permitía capear inglés para pasar alrededor de una hora leyendo los artículos y columnas, facilitándome luego un justificativo con alguna mentada “labor extracurricular” de último minuto. A cambio debía redactar discursos pechoños para las conmemoraciones nacionales. A ella debo –felizmente– mis actuales dolores de cabeza cada vez que debo traducir un texto al inglés.

En la biblioteca del colegio existía una colección importante de periódicos, todos ellos archivados en orden temporal, por lo que podía revisar unos cuatro o cinco suplementos semanales sin problemas. Así, mientras me iba formando una idea de las últimas tendencias del mercado editorial, descubría a la par aquellos libros y autores que un día fueron centros de atención. De los pocos amigos que acompañaban estas lecturas las preferencias iban, indistintamente, por la Zona de Contacto de Wikén. Aunque le echaba vistazos con cierta curiosidad, debo reconocer que nunca encontré allí motivo de real interés. A diferencia de mis compañeros de clase, yo conocía Santiago y jamás pude encontrar en los artículos de los jóvenes autores referencias que hicieran sentido. En Zona de Contacto se dejaba ver una ciudad cosmopolita y contingente, con escenas de música alternativa y cine joven emergente, así como manifestaciones culturales underground de toda estirpe. Para mí, en cambio, Santiago parecía estar signado por los estrechos pasajes de poblaciones periféricas, por senderos de plazas y viejos que esperaban su día lanzando migajas de marraqueta a las palomas. Mi Santiago tenía esquinas con jóvenes desocupados, pichangas en medio de la calle y micros amarillas atestadas. Nada de eso veía en las plumas que se estaban formando en la hoy desaparecida publicación.

En Revista de Libros no se hablaba de Santiago sino de otras ciudades y otros mundos. Recuerdo con vivacidad la columna del Dr. Van Der Weintraube. Tenía por título “el lector compulsivo”, y se paseaba en dos o tres párrafos por un conjunto heterogéneo de lecturas que él recomendaba. El ahínco y devoción por los libros que manifestaba el autor chocaban con su falta de grandilocuencia. A diferencia de críticos convencionales, a menudo autorreferentes, empecinados en mostrar lo bien que escriben en lugar de entusiasmar al lector con el texto reseñado, Van Der Weintraube elaboraba una invitación abierta a la selva literaria. La pericia bibliografía estaba de más y no hacía falta recurrir al diccionario para comprender sus adjetivaciones. Para un adolescente como yo, sin claridades ni definiciones, esta breve columna constituía un confortable mosaico de referencias donde pasar el tiempo.

En los últimos años he ido olvidando paulatinamente Revista de Libros. También olvidé escribir. Y sin embargo jamás dudé en afirmar que leía Revista de Libros y además escribía, ambas cosas con disciplina y observancia. Esto coincide, desde luego, con mi llegada a Santiago y a la Universidad. Justo cuando parecía que las fronteras del mundo se ampliaban a destajo, mi breve incursión por la literatura comenzaba su retirada. Seguí leyendo, por supuesto, pero entonces algo había cambiado.

En la columna de este viernes Ignacio Echeverría habla de nuestros “mitos caducados”, para aludir a las construcciones que conforme pasa el tiempo nos hacemos de nosotros mismos y nuestro alrededor.[1] Creo encontrar en sus páginas una explicación al destino de la otrora uera mi revista favorita.

Hoy por hoy reviso con cierta regularidad Ñ, el suplemento cultural del Clarín. Pese a su excelente factura y elaboración, mi interés por Ñ es más bien cognitivo. Acudo a la revista con curiosidad académica, leo con rigurosidad teórica lo que antes fue una exploración a tiendas, casi emotiva. Todo pareciera indicar que nuestros libros y objetos han envejecido con el tiempo, y que nosotros debemos juzgar ese trayecto. Ya no está aquí la biblioteca del colegio, y el inglés gana cada vez más espacio a las recomendaciones literarias. Tal vez el de Revista de Libros no fuese sino uno de los posibles destinos de nuestras breves pero inolvidables incursiones en la república de las letras.

4 de febrero de 2010

Una Tarde de Febrero en Santiago

–No lo sé, Juan Preciado. Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo. Y aunque lo hubiera hecho, ¿qué habría ganado? El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra.

Juan Rulfo, Pedro Páramo

Resulta difícil imaginar lo que puede acontecer en Santiago una tarde cualquiera de febrero. Tan pronto como nos colocamos bajo el supuesto de que otro día transcurrirá en la capital aparece un sentimiento de incorrección, como si se tratara de una contradicción lógica o, sencillamente, como si alguien estuviera jugando una broma de mal gusto. No dejan sin embargo de sorprendernos, aquí y allá, los designios caprichosos del tiempo y sus estaciones; tal cual es esta estación estival, que hunde sus entrañas en el centro mismo del Globo para asolar los rincones de la ciudad.

Así al menos lo notaron los niños que merodeaban los suburbios de Estrella Blanca. Allí se ha armado trifulca a raíz de un problema algebraico de orden mayor: el número de convocados no es suficiente para comenzar el partido de fútbol. Algo no calza en el raciocinio de los mocosos: la acostumbrada pichanga de media tarde, que cubre al menos dos terceras partes de la cuadra, parecía verse truncada por la ausencia de jugadores. Y aunque debieron recurrir a reservas en los pasajes contiguos, ni con todas las “galletas” de la población pudieron completar el equipo. Sobre los rasgos infantiles de Gonzalo, que ahora permanece sentado en la solera, se dibuja un dejo de frustración. Es el mejor jugador del equipo, lleva una camiseta con estampado del Mati Fernández y a su corta edad no logra comprender cómo es que justo hoy, en mitad de vacaciones, faltan jugadores. ¡Si hace tan solo una semana podía darse el lujo de escoger entre muchos niños que, por abundancia, debían permanecer expectantes a algún lesionado para poder incorporarse al partido! Pero en estos instantes una sensación desconocida nubla su vitalidad. Tal vez sea que los niños hayan marchado a las playas del litoral, en esa micro que el Flaco Mario dispuso para embarcar al gentío rumbo a Cartagena; paseo del que Gonza se vio excluido luego que su madre, en tono amenazante, advirtiera que se trataba de una actividad financiada con dineros sucios.

* * *

La vieja Celia sigue fiel a sus labores. Me la encuentro una tarde de febrero barriendo hojas caídas de un árbol roñoso, mientras asegura que ha comulgado por mí esa misma mañana. “Es para que no le vaya a faltar salud y buena fortuna, mijito”. Sus misas no conocen de vacaciones ni feriados; así como sus brazos no conocen la fatiga, ni su inquebrantable ánimo los desaires de la vida. Pero lo cierto es que el calor estival altera incluso los humores de estos viejos, reviviendo en ellos la picardía de los años mozos. Y ni el feriado dominical sirve para callar un piropo al paso. “Figúrese que su abuelo don José me dijo que estaba madurita, como para pelarla con los dedos. ¡Acaso no andará muy cargado a la ternura!”

Los videojuegos de don Monchito tampoco cierran durante febrero, así como nunca acaba de renovar las consolas que desde hace años sirven a nuestras tardes de ocio. Aquí parecen haber otros progresos, un tiempo obstinado que porfía en mantener el estado de las cosas. Se trata, en todo caso, de un tiempo pillo, que cobra su factura sin anticipación. Como el bar del tío Osvaldo, donde podía acudirse por una cerveza o una caña de vino para capear el sol que a esa hora de la tarde se empinaba sobre el cielo. Hoy don Osvaldo está postrado, medio ciego, medio sordo. A una diabetes mal cuidada le siguió la amputación de sus extremidades. Cuando pasamos frente a la botillería ya no nos pone sobre su regazo, ni logra brindarnos aquella salsa de nalgadas que nos sacaba ora alaridos ora carcajadas.

Justo frente a la botillería me cuentan que el viejo de Mártires de Chicago ha pasado, como quien dice, a mejor vida. A él lo recodamos por “la mano loca”, ya que las visitas a su patio iban acompañadas de un ataque fulminante de su brazo izquierdo, al que seguía la defensa de la mano diestra, que se esforzaba por defender a sus comensales de la extremidad descontrolada.

Esos viejos olvidados merecen hoy un justo homenaje. Sus propiedades, derruidas y abandonadas, servirán a matrimonios jóvenes que poco sabrán de las andanzas de sus propietarios originales. Como don José, que ha adquirido el sempiterno hábito de reposar las tardes sobre un banco de madera, mirando en dirección a la calle mientras el sol avanza hacia el ocaso, las vidas de estos personajes anónimos pasan dejando una sombra fugaz, que se desvanece conforme cae la noche. Es bueno hacer una alto junto a la banca de don José. De seguro él ofrecerá un vaso de coca-cola que diligentemente servirá la señora Miriam, y entre balbuceos tal vez narre alguna de sus inverosímiles historias; relatos de pueblos que no corresponden a esta época ni a este lugar, repletos de fantasmas que nos recuerdan al Comala de Juan Rulfo. Y es que la contemplación del tiempo en la tranquilidad del atardecer brinda un momento de templanza, como una invitación hacia aquel poblado ignoto donde don José cazaba liones y se batía a duelos pistola en mano por el amor no correspondido de una señorita. Recuerdo haber oído, entre las ligustrinas que colindan con la peluquería Colo-Colo, la historia de un mozo que, hastiado por los desaires de una mujer, había enviado a su fiel perro con un mensaje que el canino no tardó el proferir: “quiero pedir su mano, si me lo permite, señorita”.

* * *

“El hermano del Rigo cayó preso”, cuenta ofuscada Pilar. En su voz no hay requiebro ni rastro de tristeza. Se trata de un sentimiento que ahonda en lo íntimo y que ahora llena de brillo sus ojos azules, gastados por tantas penurias. No acabo de darme por informado cuando caigo en razón. “¿Otra vez?”. Rigo, que ha dejado las andanzas de antaño, padece hoy de una insuficiencia renal aguda producto de sus años de escaramuzas y malos hábitos. El tío Marcelo, que había pasado al menos dos temporadas en Colina I, obtuvo la libertad bajo fianza hace no muchos días. A las celebraciones familiares se añadió una oportunidad adicional: Marcelo donaría uno de sus riñones a su hermano mayor, librándolo así de los padecimientos que últimamente le aquejaban. “Pero se fue al carajo cuando cogió la nueve milímetros, ¿ves? –comenta, dando una honda calada al cigarrillo–. Llevaba varios días de farra, sin dormir y manteniéndose a puro jale. Y estando entre estos ires y venires terminó tu tío en pleito, con las rucias feas de la esquina, enfrente de la multicancha de Primero de Mayo. Ni tonto ni quedado, sacó la nueve milímetros y le dio con lanzar tiros al aire. Así: ¡pla-pla-pla! ¡Con lo choro que se nos pone! No tardaron en llegar los ratis. Lo cogieron y le quieren cargar el porte ilegal de armas. Son cuatro años y un día, por lo bajo, tratándose de un reincidente… Se jodió la operación de tu tío Rigo. Se jodió todo”.

* * *

–¡Salud! –brinda Rigo mientras unta el trozo de marraqueta en la sopa–, ¡Salud por el triunfo! Pero no por el del partido de la tarde, que ya no me interesa el fútbol ahora, sino por el triunfo en la vida. Somos dos ganadores, ¿no crees? Yo le gané a la droga, tú le ganaste a los estudios.

–Que yo no le he ganado a nadie, tío.

–¿Cómo que no?

–¡Qué le va ganar a alguien éste, si nos salió Monja! –se incorpora el Calugón, con la camiseta puesta.

–Cruzado, y te queda la boca donde mismo.

–Segundones, querrás decir –ataca desde un flanco la Pauli.

–¡Quédense ustedes con su Copa Gato!

–Pareciera que este juega para otro equipo – añade el Calugón.

–¡Déjenla ya! Estaba yo hablando con su primo y nada tienen que ver ustedes en esto.

–Vamos saliendo al estadio. ¿Te nos unes?

–¿A ver Zorras? Disculpa, no traje mascarilla.

–¿Mascarilla? –inquiere la Pauli, que es menor y no entiende de jergas.

–Mascarilla pues, si el hedor del Monumental es insoportable.

–Olor a campeón –corrige el tío Rigo.

–El mismísimo olor, tío ¿No ve que usted y yo somos ganadores?

* * *

Nos conocimos gracias al reggaetón. Barría puntualmente los pasillos del piso diecinueve, a eso de las ocho de la mañana. A esas horas yo salía en dirección a la universidad, y me llamaba la atención que a su corta edad estuviera dedicado a esa clase de labores. Pasaba todos los días junto a él y ni siquiera lograba concitar su atención. Tan ensimismado estaba en los quehaceres que permanecía indiferente a los habitantes del edificio. Por un momento pensé que se trataba de una suerte de resentimiento, pues parecía más joven que yo y se veía condenado a cargar cubetas y estropajos. Sin embargo la idea no me convenció, y un día decidí deslizar un saludo con más ahínco. Salí raudo del departamento y, mientras él se las veía con una mancha de grasa en los azulejos, lancé: “hola, ¿qué tal?”. Por respuesta sólo recibí el chasquido del estropajo contra el piso.

Me había dado por vencido cuando una mañana, en que salía particularmente atrasado, escuché la canción. Se trataba de Ella y yo, interpretada por ese dúo excepcional de Aventura y Don Omar. Sólo entonces, al constatar que la música brotada de su celular, pude dar con la clave. ¡El tipo no saludaba porque la música en sus auriculares simplemente lo mantenía ocupado! Pero ahora el sonido provenía de un celular en “alta voz”, y no pude sino seguir la letra de Don Omar y Aventura conforme me aproximaba a él. Así, casi sin darnos cuenta, ambos terminamos coreando la letra a lo largo del pasillo, saludándonos afectuosamente, como quien encuentra a un viejo amigo.

La mañana siguiente dimos con nosotros en el ascensor. De fondo: Quédate de “C4”.

–Y llegamos a febrero…

–Llegamos.

–¿No piensas tomar vacaciones?

–No tengo, amigo, llevo en este trabajo sólo dos meses y…

–Y tienes que aguantarte seis meses de laburo para conseguir una semana libre. Entiendo.

–Eso mismo.

–Vaya.

–Así es.

–¿Y no te aburres en Santiago?

–¿Aburrirme? No, prefiero trabajar.

–¿Cómo así?

–Así no más. Verás, si uno se queda en la casa, uno se aburre. No tienes nada que hacer y luego te entran las ganas de…

–De portarte mal…

–De portarte mal y quedarte ahí, pegado en la esquina sin nada más que hacer. Pero de eso ya casi nada, porque ahora tengo señora.

–¿Señora?

–Mi mujer y mi cabro chico, por lo que prefiero trabajar. Me gusta este trabajo, ¿sabes? Uno limpia, va por lo pisos, escucha su música, nadie te molesta.

–Ya veo, ya veo.

–Es independiente, más libre…

Entonces llegamos al piso número uno.

* * *

El horizonte parece explotar en tonos rojizos como si del mismo infierno se tratara. Es el crepúsculo que ahora azora los olmos del parque André Jarlán, que arrebola sus hojas y nos hace saber que todo lo que hemos pasado no es más que un preámbulo al anochecer. A estas horas, los niños que no consiguieron partir al litoral se reagrupan para hablar de fútbol o de películas de terror. La vieja Celia se prepara para dormir, mientras don José da sorbidos a la última taza de té del día. Rigo comienza la carrera en los radiotaxis “El Idilio”; hoy toca turno de nochero. El Calugón se afeita afanosamente, delineando la barbilla en un estilo que quiere imitar al que fuera su compañero de equipo de la población, y que hoy es una superestrella del Bayer Leverkusen. El tío Osvaldo habrá olvidado definitivamente las nalgadas a los petizos, y hoy tal vez rememore tiempos mejores con la mirada perdida en medio del salón. La resignación por la pichanga fallida se habrá borrado del rostro de Gonzalo, que ahora ha encontrado una cría de gato desahuciada. Sin pensarlo dos veces, salta la reja de una casa vecina para robar algo de alimento, y echa a andar por 30 de Octubre en dirección Poniente.

Resulta curioso imaginar lo que puede acontecer una tarde de febrero en Santiago.

Los Pescadores de Perlas

He estado repasando “Los Pescadores de Perlas”, una de mis óperas favoritas. Compuesta por Bizet en 1863 bajo el nombre de Les Pêcheurs de Perles, narra un triángulo amoroso ocurrido en la exótica Ceylán. Allí, los pescadores aguardan a una sacerdotisa que, con sus oraciones a Brahma, se espera logre calmar el ímpetu de la tormenta y permita a los barcos zarpar.

Mientras tanto, en la comarca han nombrado a Zurga rey de los pescadores, acompañando su coronación con danzas y cánticos. En eso estaban cuando arriba Nadir. El reencuentro de los viejos amigos, separados por la desdicha de una virgen por ambos pretendida, da ocasión a uno de los duetos más hermosos que he oído: “Au fond du Temple Saint. Allí ambos cantan por la amistad y lloran la mujer que una vez se interpuso en su relación. Terminan el coro con un juramento a la fidelidad.

A la sacerdotisa recién llegada se le informa que deberá permanecer en los abismos rocosos de Ceylán, aparatada de la Comarca. No deberá tener contacto con ningún hombre, ni podrá quitar el velo que su rostro cubre. A cambio, se le ha prometido la perla más hermosa de la campaña.

Nadir, que se había dedicado a la caza y la aventura, descubre a la sacerdotisa cantando y reconoce en ella la voz de Leila, su antiguo amor. Esta impresión da vida a la hermosa aria “Je crois entendre encoré”. Continuando su rombo por las costas rocosas, guiado por el canto de la sacerdotisa, Nadir se encuentra con Leila y renuevan la olvidada pasión. Mas la consumación del amor no tiene lugar, pues en esto son sorprendidos por Nourabad, sacerdote de la Comarca.

Como dispone la ley, ambos son condenados a muerte. Zurga, fiel a su amistad, implora la piedad de los dos hasta que Nourabad quita el velo de la sacerdotisa. Descubre entonces a Leila, y ante tal vejación maldice su suerte y el destino de Nadir.

Pese a todo, Zurga duda en la sentencia. En estas cavilaciones se halla cuando arriba Leila, implorando piedad por Nadir. Sus ruegos no hacen más que endurecer el corazón del rey. Perdida toda esperanza, la sacerdotisa le obsequia una cadena de oro que años atrás le diera un fugitivo por ayudarle a escapar. Zurga, absorto, reconoce en el objeto el regalo que él hizo a la mujer que le salvó la vida

Todo había quedado dispuesto para el día de la ejecución. Pero con el pueblo presente y los condenados al centro, se oye un grito de alerta: ha comenzado un incendio en la comarca. Sólo quedan los protagonistas en escena. Zurga confiesa que ha prendido fuego a las casas del villorrio para salvar sus vidas. Les implora que huyan, a lo que los enamorados responden invitándolo en su fuga. Zurga rechaza la oferta, y decide esperar allí hasta su castigo final.

24 de noviembre de 2009

Carta a C.

Ya no recuerdo hace cuánto fue. Han pasado lustros, tal vez décadas. Un niño disfrazado de Hombre de Hojalata posa para la cámara, inmortalizando una versión improvisada de aquel extraño personaje de El maravilloso Mago de Oz, que sufría por haber permanecido años en la misma posición corporal. Aquél a quien Dorothy Gale auxilió, aceitando las articulaciones atrofiadas y permitiendo que el armatoste metálico recuperara su movilidad.

Hay una fotografía añosa y descolorida como prueba. En ella se observa un niño regordete, de mejillas arreboladas y ojos redondos mirando directamente hacia el fotógrafo, con el pecho inflado y los brazos extendidos. Parece inmensamente feliz con su disfraz de aluminio y cartón pintado. Han maquillado su rostro y puesto sobre la cabeza un embudo al revés. En lugar del sendero amarillo, de fondo se delinean las veredas empedradas de Estrella Blanca. Por aquellos años La Victoria no gozaba aún de aceras pavimentadas, y el niño debe pagar con creces sus primeras caídas sobre el suelo arcilloso.

Visto a la distancia todo parece una inmensa ficción. Tal como las invenciones del Mago de Oz, el niño encuentra su propia Ciudad Esmeralda entre Mártires de Chicago y Ramona Parra. No hay sendero alguno pero sí callejuelas repletas de historia, escenarios de hazañas memorables, habitadas por personajes míticos. Fuera de los límites de la casa de la abuela los baldíos alojan a brujas y seres ignotos. El peligro acechaba en cada esquina y era preciso ser precavido en cualquier expedición.

A diferencia de Dorothy, el niño nunca tuvo por proyecto salir en busca de un Mago. No soñaba con riquezas ni aspiraba a deseos mágicos; aunque sí creyó durante años que su mejor amigo, el Pechi, guardaba sus juguetes en un inmenso cuarto repleto de joyas preciosas. Pechi insistía en que debía esconder los juguetes en ese refugio, con el fin de que su hermana menor no los hallara. Cada vez que lo mencionaba la intriga se acrecentaba, echando a volar la imaginación del niño. Todo se esfumó el día en que Pechi hizo pasar a su amigo hasta el living de la casa. Allí, ante los ojos del invitado, se encaramó en una repisa y cogió un juguete del cajoncillo de un mueble corroído y vetusto. Fue la primera vez que el niño comprendía que Pechi, su mejor amigo, era muy humilde.

Jamás se le pasó por la cabeza que sus aspiraciones podían cumplirse, como las de Dorothy, mediante un simple deseo. Fue así que decidió poner manos a la obra. Su objetivo fue, durante al menos dos años, la construcción de un barco. En el patio interior de la casa de los abuelos todas las mañanas aserruchaba la madera, clavaba pequeñas puntas, incluso lijaba la superficie de los trozos de trupán. Para ello se había armado de un set de herramientas a su medida y de una banquita donde obrar. Imitando a su abuelo, que por aquellos días se ganaba la vida de lustrabotas, guardaba pulcramente los utensilios en una cajita rectangular.

Nunca supo con certeza cuál era el fin último de tan desproporcionada empresa. No perdía el tiempo imaginando parajes vírgenes, ni se figuraba como un argonauta en busca del vellocino de oro. No se le habría ocurrido, como relata Eurípides, tripular la nave Argo “sobre las sombrías Simplégades hacia la tierra de Cólquide”. Él sólo se concentraba en la simple labor de construir su propio navío.

Ya no recuerdo cuándo acabó. Me quedan, sin embargo, ciertas imágenes que marcaron esa corta pero significativa infancia en Santiago. A cada historia van asociados personajes difusos y pequeños objetos que gatillan un sinnúmero de emociones. Como aquella alcancía amarilla donde juntaba diariamente los vueltos que obtenía de los mandados; y el día en que, al escuchar los gritos del heladero, salí raudo a la calle con el chanchito amarillo para conseguir un barquillo. Pero, al voltear su contenido, observé absorto que no llegaba a los ochenta pesos. Volví casa profundamente avergonzado. Ese mismo día, al llegar mi mamá del trabajo, exigí las explicaciones del caso, pues era imposible que mis ahorros hubieran sido tan exiguos. Ella confesó entonces que había dejado mis monedas escondidas, porque había empezado a utilizar mi chanchito para guardar sus propios ahorros.

Ignoro dónde habrán quedado esas pequeñas herramientas y qué habrá sido de las maderas que, día a día, eran labradas para dar forma a un barco imposible. Al Pechi me lo he topado más de una vez en las esquinas de la Victoria. Me saluda con una especie de afecto lejano; como si aquella amistad infantil aún mantuviera sus retazos. Pese a ello, las distancias calan hondo: sus amigos me deben observar como un cuico cualquiera, y mis amigos verían al Pechi como un flaite, incluso pastabasero.

Te escribo, porque aún no he logrado hallar un barco en el cual pueda trabajar día a día, sabiendo incluso que se trata de un proyecto desfachatado e imposible. Extraño un poco la humildad con la que alguna vez nos paramos ante la vida. Pienso en el niño vestido de Hojalata y recuerdo que, en el Mago de Oz, el personaje resultaba ser finalmente un leñador, cuyo único deseo era un corazón de verdad para recuperar su sensibilidad.

Hoy también quisiera pedir un deseo como ese.

26 de septiembre de 2009

Sonrisas Perdidas

Todo yace en silencio. Oscurece y afuera se ven hileras de automóviles avanzando por Santa Isabel con dirección Oriente. Verlos allí, tan alineados y coordinados en sus movimientos, te causa algo de gracia. Como luciérnagas en medio de la noche –piensas–, o, aún mejor, ¡como polillas emborrachadas por el resplandor de la ciudad!

La escena es cómica y pese a ello te transmite algo de sosiego y de tranquilidad. Observar todo eso desde las alturas tiene su secreto privilegio: un efecto prodigioso que hoy puedes descubrir. De vez en cuando oyes Bizet, pero el sonido es tan leve que perfectamente podría tratarse del rumor de la llovizna y sus goterones azotándose sobre los ventanales. Como una sinfonía de precipitaciones, se te ocurre.

Dejas pasar los minutos allí, calando un cigarrillo sobre ese balcón que es orquesta de aguaceros, mirador del tráfico nocturno de la ciudad.

Cuando volviste al departamento y te topaste con los libros sobre el escritorio no pudiste sino recordar el trabajo que quedaba por hacer. Ibas a preparar un poco de café y a última hora te arrepentiste. Miraste en rededor en busca de algo que desconocías. Mientras observas con desgano la casilla de correos electrónicos una entrada llama tu atención. Es un correo de tu tía, esa que hace tiempo no ves y cuyo paradero desconoces. Cuán feliz sería mi madre si supiera, dices para tus adentros, y juras guardar el secreto.

El correo lleva adjunto un texto. Lo descargas y percibes que es de mediana extensión. Antes de leerlo deberías relajarte, ponerte cómodo. Estás un poco tenso y tal vez sería prudente encender un segundo cigarrillo. Lo ignoras.

Apenas has logrado sentarte cuando empiezas a pasar la vista sobre el texto. La misiva comienza con parabienes y saludos casi protocolares, continúa con un excurso sobre las condiciones laborales actuales, las cuales –asegura el escrito– serían las causantes de los achaques de tu padre, de sus problemas de salud y de las sucesivas intervenciones quirúrgicas; pero no le crees y pasas raudo al segundo párrafo, lugar en el que ella se detiene y obliga tu detención en detalles ignotos: una casa de campo lejana, allá por San Vicente de Tagua-Tagua, veranos que el tiempo vio pasar y que tú apenas recuerdas; la fragilidad de la memoria, se te ocurre, pero no es el momento para entrar en detalles porque ella ha comenzado una descripción divina de la familia de aquel entonces, las sonrisas de tus abuelos, la inocencia de los otrora niños, un ensueño nostálgico donde todo parece ser más próximo, tan próximo que hasta puedes verla a ella riendo de tus adivinanzas e incluso verte a ti mismo inventando adivinanzas tal como ella decía que lo hacías, sacando carcajadas de la audiencia y, finalmente, esas sonrisas que el tiempo pareció labrar hasta gastarlas, colmándolas de cenizas; porque en ese texto tu padre y tu madre aún sonríen juntos y comparten una residencia humilde con la abuela, que para aquellos años es ama y señora, matriarca, como se la ha llamado en la carta, pues no están ahí las botellas de coñac escondidas al fondo de la alcuza, ni le han diagnosticado hipertensión arterial a tu abuelo tras descubrirla, a hurtadillas, hurgando en los ahorros familiares para invertirlos en nuevos desenfrenos, y ni siquiera tu madre logra intuir todo eso todavía; ella, que fue siempre la más perspicaz y que tuvo la gallardía, o la insensatez como creíste luego, de poner fin al entuerto; porque no fue sino un entuerto la seguidilla de acontecimientos que, viéndolos desde esa lejana casa de campo en San Vicente de Tagua-Tagua, parecen tan ficticios, tan irreales como para reírse de los vuelcos del destino y sus jugarretas; y con todo eso tu tía ha logrado remover las cenizas bajos las cuales cubriste, ya no recuerdas cuándo ni porqué, esas sonrisas perdidas.

Acto seguido coges lápiz y comienzas a redactar un nuevo texto. Ni siquiera reparas en que la comunicación es vía correo electrónico y que plasmarlo en papel no es más que una pérdida de tiempo.

Para cuando terminas el escrito ya no sabes cuál ha sido la carta que has gozado más, la de ella o la tuya. Ni siquiera logras identificar con precisión las escenas correspondientes a cada cual. En una, recuerdas, estás tú contando adivinanzas en un pueblo perdido allá por San Vicente de Tagua-Tagua; en la otra, estás tú contando la hilera de automóviles que al anochecer cruzan Santiago por Santa Isabel con dirección Oriente.

Afuera, la lluvia comienza a cesar.

Al Unísono

A Cristian Lagos

Acabamos el examen de lingüística casi al unísono. Lo entregamos cabizbajos, pensando no ya en las intrincadas propiedades de fonemas, morfemas y archifonemas, sino en la no menos compleja tarea que nos aguardaba. El semestre concluía y terminaba lo que quizá fuese el mayor esfuerzo intelectual de nuestras vidas; era como si pudiésemos tocar las vacaciones. Nos miramos de reojo mientras guardábamos las lapiceras, cogíamos nuestros cuadernos y dábamos un último suspiro, augurando el principio del fin como solía decir el maestro de historia. Pero lo cierto es que no existía tal principio o al menos nunca logramos identificar un comienzo y sin embargo teníamos que reconocer que, en cierto sentido, aquél era justamente el final. Recuerdo que sentimos el deseo de acercarnos al profesor, aunque fuese por última vez, y estrecharle la mano, decirle que no se preocupara, que todas esas horas invertidas habían valido la pena, que estuviera satisfecho porque en sus eternas sesiones comprendimos que allá afuera todo puede ser, tal como puede no serlo. Quisimos además darnos valor para lo que nos esperaba: correr y abrazarnos y constatar que nuestros cuerpos ya no temblaban, que por fin estábamos convencidos de algo. También sentí deseos de besarla. Como es usual, nada de ello ocurrió; y en las circunstancias que hoy nos reúnen, es mejor no referirnos nuevamente al asunto.

La atmósfera en la sala estaba densa, húmeda y extrañamente fría. Los alumnos continuaban guardando sus pertrechos, apurando la marcha, entregando sus exámenes, moviéndose con ligereza y evitando cualquier acto impertinente: todo detalle había quedado rigurosamente coordinado y los dos vigías infiltrados en la clase –unos políglotas eximidos del examen– tomaban nota de cada movimiento, reduciendo cualquier atisbo de improvisación. ¡Quién iba a pensar que esos cuadernillos, apuntados a pulso nervioso, luego se extraviarían e irían a parar, como se rumoreó pero jamás logró probarse, a las manos del maestro!

La única instancia de preparación que tuvimos fue a sólo horas de la prueba definitiva; ello, pues debíamos prevenirnos de cualquier posibilidad de arrepentimiento. La operación poseía tantas minucias, estaba tan llena de complejidades que no podíamos arriesgarnos a faltas, menos aún si estas provenían de espíritus blandos. Cada participante, es decir, la totalidad de alumnos que asistía al ramo, había sido debidamente adiestrado y registrado en fichas personales. El compromiso con la operación era absoluto: ningún implicado era menos preponderante (y por lo tanto menos culpable) que otro. Hubo incluso quienes sugirieron crear vínculos mayores, realizar alianzas estratégicas entre los grupos que se formaban al interior del curso y que amenazaban con fraccionarlo. Así surgió la propuesta de prácticas sexuales conjuntas con fines unificadores. La idea, disparatada de principio, cobró fuerza y antes de que fuera descartada mediante votación, nos llegaron rumores sobre actos deshonrosos entre dos sectores bastante disímiles del curso. Estas voces, cuya veracidad jamás se constató, volvieron a renacer pocas semanas antes del primer aniversario de la muerte del profesor, cuando en una conversación de pasillo se comentó el abortó a última hora de una de nuestras compañeras. A nosotros, que estábamos en la cabeza de la operación y en cierta medida más involucrados (aunque, como se ha dicho, a nivel de las conciencias todos éramos igual de culpables), recibimos información sobre la presunta violación de que había sido objeto Maira, y que luego devino en el comentado aborto. Hoy, frente a la tumba del profesor, Maira solloza y se me ocurre que tal vez está recordando su pequeño feto, o quizás imaginando el entierro que jamás pudo darle.

Aquella noche salimos juntos de la sala y sin quererlo nuestras manos se rozaron. Sentimos el temblor del otro, los dedos gélidos y la perturbación del breve contacto; imaginamos el sudor que recorría nuestras espaldas y el frío bajo las nucas. Apuramos el paso hacia las escaleras, con la vista perdida en un punto lejano y los cuerpos tensados en un caminar que, luego nos comentaron, resultó fingido y sospechoso. El maestro, según informaron los que permanecieron en la sala, contó los exámenes, los aparejó e introdujo en el sobre que se había proveído para ello, tomó su chaquetón y se acomodó los anteojos hasta salir de la facultad, siguiendo su acostumbrada ruta.

Era un tipo de talla pequeña, de ojos redondos y cabellera ensortijada; con una fisonomía torpe pero de movimientos controlados. Llevaba casi diez años impartiendo el mismo ramo, jamás había obtenido un ascenso en la jerarquía de la facultad y no teníamos conocimiento de algún estudiante que hubiera intimado con él, ni ayudantes con los cuales compartir su letal arsenal teórico. En efecto, era un intelectual dotado de una inteligencia desmedida pero mansa, poseedor de una agudeza redimida que jamás derivó en autoridad dentro de la, como suele decirse, comunidad académica universitaria. Estos hechos, por muy triviales que parezcan, nos hacían pensar que quizá Foucault se equivocaba y que el saber no deriva siempre en poder.

Lo primero que percibimos, una vez fuera, fue la densa bruma que caía sobre los parques de la universidad. Un viento gélido rasgaba labios y narices. Mientras apurábamos el paso sin dirigirnos palabra, mirándonos furtivamente para constatar la presencia del otro, sumándole velocidad a nuestro andar para llegar al lugar de intercepción en el momento preciso. Justo antes de visualizar la esquina prescrita, se nos cruzó una rata gris y larguirucha: nos observó un instante para luego perderse entre la maleza. A un par de metros, divisamos una figura asimétrica y de torpe andar que se dirigía justo hacia donde íbamos.

Un par de días después del incidente, volvimos a vernos. Sucedió en un bar minúsculo, disimulado en las faldas del cerro Santa Lucía. Pedimos vodka y permanecimos unos minutos en silencio. Tuvimos que vaciar varios vasos antes de comenzar una conversación tímida, entrecortada, irrelevante. Aquella noche nos acostamos en su departamento; tuvimos un sexo tenso, frívolo, carente de deseo. Luego de simular un orgasmo, se acurrucó estrechándose a mi cuerpo. Quizá le daba lástima. Sin decir nada saqué una libreta y comencé a escribir; ella encendió un cigarrillo y lo compartimos en silencio. A la mañana siguiente nos separamos; no volveríamos a vernos hasta el funeral del profesor.

Ahora, observando la lápida, luce como ida. Sus facciones se han endurecido, está más delgada y unas ligeras ojeras comienzan a dibujarse en su blanquecino rostro. No la he visto reír ni gesticular en toda la noche; de todos modos, es improbable que nos dirijamos la palabra.

El profesor no alcanzó a gritar cuando nos abalanzamos sobre él. Recuerdo sus ojos redondos estallando en lágrimas mientras lo cacheteaba, su cuerpo lerdo retorciéndose con las patadas y sus libros y notas dispersas por el pavimento. Aunque procuramos no hablar, para evitar ser delatados por nuestras voces, lo golpeamos lo suficiente como para simular un asalto. Una posa de sangre comenzaba a dibujarse sobre el pavimento. Tomamos el poco dinero que traía y el sobre con los exámenes. Diez minutos después nos encontrábamos a cinco cuadras de distancia, inspirando y exhalando como bestias, quitándonos los pasamontañas y verificando que todo estuviera en su lugar. Recuerdo que nos sentamos y ella se limpió los puños ensangrentados. Comenzó a sollozar.

La noticia llegó dos días más tarde. Estábamos en mitad de la clase cuando la directora académica irrumpió. Se paró frente al curso y comenzó, en un ataque de histeria, a relatarnos el “horrible hecho delictual del que había sido víctima el profesor; golpeado, ultrajado y humillado por quién sabe qué bárbaros”. La operación había sido un éxito; sólo que jamás imaginamos cuáles serían sus reales efectos.

En los funerales, nos cogimos todos de las manos, en un acto de apoyo y unidad que escondía la ominosa complicidad de ser parte, al menos incidental e indirectamente, del crimen. A la ceremonia sólo asistieron maestros y personal de la universidad, junto a algunos estudiantes desconocidos y solitarios. Ese día nos vimos e intenté tomarla de la mano, pero ella se zafó y fue a ver el féretro más de cerca.

A tres días del “macabro incidente”, el profesor nos citó a una reunión extraordinaria. Todo transcurría según lo esperado; ahora sólo nos quedaba superar la que seguramente sería la etapa más complicada. Cuando el profesor ingresó a la sala el impacto fue mayúsculo: llegaba con una venda que le rodeaba casi toda la cabeza, lleno de parches en los brazos y la cara, entre los que se podían ver las contusiones y heridas aún sin cicatrizar. Caminaba dificultosamente, ayudándose con un bastón. Era un inválido que, según el imaginario colectivo de los presentes, venía a cobrar justicia.

Como solía ocurrir, nos equivocábamos. El maestro se apoyó en su escritorio y, colocándose frente a todos, nos observó larga y detenidamente. Sus ojos se movía de acá para allá y parecían extraviarse entre los espacios que nos separaban, buscando tal vez un aura o quizá algún índice que delatara a los usurpadores. Mientras conjeturábamos toda clase de posibles reprimendas y castigos, el profesor volvió en sí y comenzó una disertación pausada y triste sobre la pérdida de los exámenes anuales. Se le veía profundamente dolido. Nos pidió las disculpas pertinentes y, antes de salir de la sala con el espinazo encorvado y su bastón guía, declaró a todos y todas, sin excepción, eximidos.

De aquí en adelante los acontecimientos se vuelven difusos. Cada nueva noticia contenía un alto grado de especulación e, incluso, incertidumbre. Desde luego, a todo ello vino a sumarse el mutismo acérrimo de la policía. No pocas veces intentamos contactarnos con los efectivos que habían encontrado el cuerpo, recibiendo siempre por respuesta alguna insólita excusa. Por los periódicos locales nos enteramos de que había saltado, o lo habían arrojado, desde el duodécimo piso del edificio donde vivía. En la fotografía adjunta a una de las crónicas se observaba un departamento pequeño y humilde, con libros que poblaban los rincones más curiosos del lugar: libros en los sillones, sobre un viejo tocadiscos, volúmenes debajo de los cojines y sobre la cocina, textos apoyados en las paredes y sobre el refrigerador. Pero lo que en realidad nos impactó fueron dos sospechosos cuadernos que yacían sobre una mesa de centro. Ese día nos habíamos reunido en casa de Maira para comparar el material recopilado; las imágenes eran difusas y en escala de grises (por más que llamamos al periódico, jamás logramos conseguir los originales), por lo que no pudimos distinguirlas a cabalidad. Ya habíamos repasado todas las fotografías cuando mi acompañante se aventuró a declarar: "son las libretas, las libretas con las tareas y pasos de la operación". Quedamos estupefactos por unos segundos y luego dirigimos, en un mismo movimiento, nuestras miradas hacia los responsables de apuntar en los cuadernillos. A pesar de las amenazas e insistencias, ambos negaron que se tratara de los apuntes, asegurando que ellos, la misma noche del incidente, los habían quemado.

En el acta de defunción no se explicitaba la causa de muerte y, ante la falta de familiares que reclamasen por los motivos de ésta, el equipo forense se contentó con firmar rápidamente el documento y despachar el cuerpo del profesor. Los funerales fueron ese mismo fin de semana. El semestre ya estaba por acabar y algunos compañeros se excusaron debido a pruebas y trabajos pendientes.

Al primer aniversario de su muerte asistió casi la totalidad del curso. Nunca había notado cómo cambiaba la gente; los compañeros hoy reunidos no parecen ser los que hace un año. Se me había ocurrido escribir unas palabras para conmemorar al profesor, leerlas sobre su tumba magullada frente a mis compañeros y cumplir así con un ejercicio de horrenda hipocresía pero que consideraba justo. Evidentemente, no lo hice.

Nos dispersamos silenciosamente, tal vez pensando en las vacaciones venideras. Antes de subir al auto me acerqué a ella y la saludé. Musitó qué tal y siguió su rumbo. Antes de perderla de vista intenté invitarla a caminar. Quizás más adelante, contestó mientras se alejaba.